‘Palabras encadenadas’, de Jordi Galcerán

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“Palabras encadenadas” es, si se quiere leer así, la historia de un psicópata y su(s) crímen(es), ¿han existido realmente, han sido “ensayos” para el único crimen que deseaba perpetrar, forman parte sólo de una macabra broma?- pero desvela también la imposibilidad de marcar límites entre la locura y cordura, entre verdugo y víctima.

Sabiamente Galcerán construye la pieza de forma milimétrica, graduando la información que nos permite el desvelamiento de las verdaderas relaciones que unen a los personajes. Paso a paso, la historia se hace más compleja y el afloramiento de cada nueva verdad sigue su cuestionamiento, de modo que se genera una nueva incertidumbre. Lo que hubiera podido ser una simple propuesta moral, todo lo emocionante que se quiera, pero lastrada por una clara toma de partido, que nos hubiera impedido a simpatizar directamente con la víctima y sentir repugnancia por el verdugo, queda convertido en un ambiguo interrogante sobre la condición humana, gracias a un hábil escamoteo, que no es otra cosa que la muestra de que ser un torturador y no torturado sólo depende de tener el poder de elegir el papel y contar con los recursos necesarios para representarlo con éxito. Cuando Laura revela sus manejos, sus mentiras ara conseguir la separación de Ramón, un momento en que aparece que las tornas han cambiado y el juego –un juego sádico, una venganza cruel- ha quedado al descubierto; cuando acusa a Ramón de engañarla con un hombre y pone en duda su virilidad y lo humilla, lo que menos importa es si lo que dice Laura es cierto o no. Lo verdaderamente importante es la comprobación de que en esta historia el afán de infligir dolor, de salvar la propia cordura a través de la destrucción del otro, es, al fín y al cabo, algo perfectamente intercambiable. El hábil juego/recurso de las palabras encadenadas, refiere también el encadenamiento de las situaciones y actúa como elemento sicodramático, que nos permite acercarnos a los personajes, a la vez que, llevado al límite, tiene el valor simbólico de una especie de ruleta rusa en que la que sólo el que tiene el poder carga el arma y obliga al otro a apoyar el cañón en su sien.

Imágenes

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Diseño gráfico: David Sueiro  |  Desarrollo: Axel Kacelnik