La cantante calva

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Hace sesenta y siete años del estreno de La cantante calva, obra de un autor joven y desconocido al que, según él, no le gustaba el teatro. Eugène Ionesco estrenaba la que, podría decirse, se convertiría automáticamente en una obra culmen del teatro del siglo veinte y una de las obras más representativa del llamado teatro del absurdo. Una gran comedia que es en sí misma una gran tragedia. Así la calificó su autor, todavía perplejo por escuchar las risas del público de París en la noche del estreno. Una obra que nació a partir de las sentencias reveladoras de un manual para aprender inglés y que rebelan nuestro automatismo colectivo, una obra que a través de sus sinsentidos es un fiel reflejo de las sociedades modernas y muestran el absurdo de nuestras acciones que llenan nuestro día a día. Un obra de amplia visión de futuro. Leyendo a Ionesco descubres la mirada extrañada de un niño, un niño que mira a su alrededor y que no entiende la forma de ser y de estar vivos.

Se ha dicho que el teatro de Ionesco, el teatro del absurdo, podía suponer, en cierto modo, un teatro de advertencia social (así se llegó a catalogar a algunas de sus obras) creo que esa etiqueta queda obsoleta y que habría que reemplazarla por otra etiqueta que transformara la advertencia en condena. De ahí la urgencia de volver a despertar a la cantante, que su no-canción vuelva a recordarnos el galimatías social en el que nos encontramos y que nos deja tan perplejos y tan desorientados.

Gracias a Jesús Cimarro, a Fernando Tejero, a Adriana Ozores, al Teatro Español de Madrid y a todo mi equipo artístico por creer en este gran sinsentido, en este gran disparate trágico que en cierta medida nos relaja de la desazón de lo inexplicable y de lo misterioso de nuestra existencia.

Luis Luque

Imágenes

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